¿Una buena noticia?

 

Era día de mercado en  Stopira, hacía dos años desde que Dowgen había desaparecido y desde entonces Aira no era la misma. Parecía ayer cuando correteaba con su hermano entre los puestos de los mercaderes y Aira distraía  al dependiente mientras su hermano robaba una hogaza de pan o un trozo de tarta. Recordaba perfectamente la noche en la que desapareció: era verano y la ciudad estaba llena de turistas despistados, su hermano salió por la noche a ver si podía conseguir “prestada “alguna cartera. Ella ese día se encontraba mal y no quiso salir a ayudar a su hermano con los turistas. Se quedó junto al fuego del desván abandonado donde vivían desde hacía un mes, esperando por él, pero nunca volvió. Lo buscó durante cinco días y cinco noches pero la ciudad era demasiado grande para ella y no tenía a quien pedir ayuda, ya que nadie quería ayudar a una ladronzuela harapienta a encontrar a su hermano ratero.



Desde entonces ella tuvo que buscarse la vida sola, robar no se le daba bien, eso era cosa de su hermano. Ella solo distraía a los paseantes con alguna canción o baile, por lo cual pensó en que podía dedicarse a ganar dinero bailando y ya no era una niña para darse cuenta de que era una joven muy bien agraciada. Así que decidió bailar por las plazas y calles  para ganarse la vida.

Descubrió que cuánto más largo llevaba  el escote más grande era la recaudación del día. Su nueva profesión no era mejor ni peor que robar, a priori podía parecer una profesión más segura, pero la realidad no era esa. Raro era el día que no tenía que apartar la mano de algún borracho que pasara por la calle, además de aguantar todas las barbaridades que le decían .Eso los días buenos, los malos, o le robaban la recaudación o la intentaban violar. Por eso siempre llevaba escondida una navaja en la manga del vestido. Es increíble cómo cambia un hombre cuando le ponen una navaja en el cuello. Su virilidad desaparece  en un abrir y cerrar de ojos para pasar a suplicar de la manera más humillante posible.




Se despertó al amanecer. Hoy debía ser un día bueno para trabajar. Hacía buen tiempo, era Sábado y día de mercado, es decir, la ciudad estaría llena de turistas .Con  suerte reuniría en el día lo suficiente para comer y con un poco más de suerte hasta le llegaría para cenar. Se levantó de su colchón de paja y cogió un trozo de pan duro del día anterior para llevárselo a la boca. Se vistió y se marchó.

 

Al llegar a la plaza del mercado buscó un sitio bueno para trabajar. El último día se había situado al lado de un puesto de ropa, pero a la dueña, una mujer descuidada y mermada por la edad, no le hizo gracia y la echó con la excusa de que les espantaba a los clientes. Aira sabía que era mentira, que en todo caso los atraería, pero le dio igual y se acabó estableciendo al lado de un puesto de artículos antiguos cuyo dueño era muy amable y no le molestaba en absoluto. Buscó el puesto y vio que ya no estaba, que en su lugar había un puesto de pan. Decidió que de todas maneras podría situarse allí, ya que los puestos de pan eran de los que más gente atraía.



Se estaba preparando para empezar  cuando un niño delgado y con cara de hambre, apareció gritando su nombre por la plaza. Aira extrañada fue hasta él.

 

– ¿Eres Aira Wicraw?

– Sí, soy yo.

– Traigo una carta de parte Dowgen Wicraw para usted.

 

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Los Asesinos: Capítulo I
La Santa Inquisición y sus torturas
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